Escrito por Roberto Giutsi    Domingo, 19 de Abril de 2009 11:40    PDF Imprimir E-mail
El fin de los medios o el fracaso de la hegemonía comunicacional

El periodismo crítico se vuelve "subversivo" en tiempos de crisis y hay que acallarlo 

Casi nunca, por no decir que nunca, los medios de comunicación han estado excluidos de las escaladas chavistas en contra de sus adversarios. Siempre que el jefe máximo siente favorable la coyuntura, despliega su artillería pesada en procura de conquistar nuevas posiciones en su avance hacia la "victoria final" y uno de los blancos infaltables, aunque de lo más escurridizos, son los canallas mediáticos.

Las ofensivas, encuadradas dentro de un plan estratégico global, forman parte de una concepción hegemónica de las relaciones de poder, donde los medios juegan un papel fundamental y tan resistente que luego de diez años, con el campo de batalla regado de cadáveres (partidos, sindicatos, gremios, poderes públicos, grupos de presión), allí todavía ondea, aunque algo chamuscada, la bandera de las libertades mediáticas.

Al principio, cuando todavía abrigaba en su talante una cierta ingenuidad de principiante en el ejercicio de las artes del poder, Chávez supuso que el recado estaba hecho porque su sola presencia y mensaje concitaron un apoyo casi unánime de los medios que, al fin y al cabo, era reflejo de su arrolladora popularidad. De manera que en aquella luna de miel, que él llegó a suponer permanente, no resultaba necesario aplicar la doctrina Izarra, según él inspirada por Gramsci, de la "hegemonía comunicacional", porque tal hegemonía era, para entonces, una realidad. Una realidad, además, con los apellidos de democrática y popular.

Pero los medios cambiaron, algunos quizás más rápidamente que la misma opinión pública, otros a la velocidad con que parte de ésta comenzó a sentir todos esos sentimientos negativos de frustración, desengaño y de ofendida sorpresa al descubrir que el paquete traía la mercancía adulterada. Todo gracias a la la línea informativa tradicional de transmitir la realidad, en este caso, cada vez más divorciada del discurso oficial

Vino entonces la primera arremetida, luego la segunda, la tercera y la cuarta. Cada una en gradaciones sucesivas, desde lo fascista brutal de los primeros tiempos (con el ataque de hordas a las sedes de televisoras, radios y periódicos), hasta metodologías más refinadas como el uso de los poderes (Judicial, Legislativo), el manejo perverso de la pauta publicitaria, la amenaza de cierre para dominar voluntades y la creación de medios cautivos en búsqueda de la "hegemonía comunicacional".

Lo logró a medias, chantajeando a muchos (algunos que tenían mucho que perder), cerrando a otros (que también tenían mucho que perder), comprando terceros y desarrollando una masiva política comunicacional, que si bien resultó hegemónica en el número de medios oficialistas (incluyendo emisoras de las FARC en la frontera), abrumadoramente superior a los que permanecieron firmes, resultaba ridículamente escuálida a la hora de medir sus niveles de sintonía.

El proyecto de Izarrita de la hegemonía comunicacional del siglo XXI, a la venezolana, resultaba todo un fracaso, pero Chávez podía compensar con la ocupación de los medios a través de las cadenas presidenciales y así contrarrestar, con su verdad, la pregonada por los medios, que pugnaban por mostrar la suya.

Pero llegó la crisis, el país hace agua por todos lados, ni 24 por 24 horas de cadenas pueden convencer a la gente de que vivimos en el país de las maravillas que cada día nos reinventan con nuevas promesas nunca cumplidas y a la falta del gran bálsamo lubricante de las tensiones (la billetera), el deterioro progresivo de los niveles de apoyo y popularidad y la crisis social que todo eso conlleva, ha desatado esta nueva ofensiva general, en la cual los medios son objetivo central.

Mientras sea posible divulgar el golpe de Estado contra gobernadores y alcaldes de oposición, la persecución implacable contra los adversarios políticos, los horrores de la sentencia contra los comisarios, los crecientes índices de criminalidad, así como el incremento progresivo de la represión y esta nueva intentona de avance totalitario, en esa misma medida será más intensa y sistemática la ofensiva contra los medios y también más firme la conciencia de los millones que se oponen al régimen.

Todavía tiene razón el profesor Antonio Pasquali, quien hasta hace poco menos de un año afirmaba que "allí donde un gobierno y su oposición puedan demostrar que la libertad de expresión abunda o escasea, reina una malsana ambigüedad". Y es cierto, aún en esa suerte de tierra de nadie donde nos movemos peligrosamente (de 1999 hasta hoy la Comisión Nacional de Periodistas contabiliza 1.200 agresiones contra periodistas), resulta posible mantener el desenmascaramiento permanente del gobierno que le impide crear su falsa realidad, tipo esquizofrenia social cubano-soviética.

La experiencia de RCTV les dejó una enseñanza amarga y les hizo pagar un costo político del cual todavía no se recuperan porque el frenazo del 2D fue una de sus consecuencias. En realidad están viviendo el peor de los dilemas: si permiten que subsistan medios críticos se van a hundir en la realidad. Pero si se atreven a cerrar alguno, será la realidad la que los hunda a ellos.

Fuente: El Universal - Venezuela



 

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